Ella cayó hacía atrás, de culo, cubriéndose la herida sangrante mientras yo retrocedía con mis manos, liberándome. No esperé a ver si se levantaba.
Mis pies se movieron por si solos, siguiendo al hombre entre los árboles. Lo había perdido, pero tenía que encontrarlo.
—¡Corre, camille! —grité, porque si me escuchaba esperaba que ese fuera incentivo suficiente para que luchara. Y si me escuchaba el hombre, esperaba que cambiará de dirección y viniera detrás de mí—. ¡No pares!
Estuve corrie