La bilis subió por mi garganta, las náuseas fueron directas.
Me puse de pie de un brinco. Las luces estaban apagadas. La luz de la luna era lo único que me guiaba hasta conseguir el baño.
Caí de rodillas frente al excusado, despojando a mi estómago de cualquier alimento que había ingerido.
No era el bebé. Esto no era por el embarazo. Era el asco. El asco que sentía por mi pasado. Aún podía oler la sangre, la pólvora, el miedo.
Este recuerdo desencadenó muchos más. La tortura dentro de ese