El cuchillo temblaba en mi sudorosa mano, pero no lo solté, apuntándoles con el.
—¿Te sacrificaras por tu hermana? —Los ojos de Marcello brillaron, dando un paso al frente—. ¿Estás dispuesta a morir por esa chiquilla asustadiza?
—Esa es mía, ve por la pequeña.
Me estaban tratando como si fuera ganado de mercado.
Los ojos de Marcello fueron a su hermana con un gesto asesino. Al parecer, no le gustaba que le dieran órdenes.
Aproveché la distracción de ambos y me lancé al frente. Si iba a