La casita era pequeña, pintoresca, con paredes de piedra vista y un jardín delantero lleno de hiedra. Las ventanas tenían contraventanas azules y el tejado estaba cubierto de musgo. Parecía sacada de un cuento.
Me encantaba que estuviera en las afueras de la ciudad. No sólo por la tranquilidad, sino porque también había menos probabilidad de que Cipriano me encontrará aquí.
La habitación que me asignaron era la del fondo, pequeña pero con una ventana que daba al jardín. Una cama individual,