Mundo ficciónIniciar sesiónValentina Sáenz conoce el precio exacto de su existencia. Huérfana de sangre y criada por la codicia, ha sobrevivido en los suburbios de Miami bajo el puño de su tío Miguel, bailando entre sombras para un cartel que solo la ve como una moneda de cambio. Pero cuando Dante Cavalli, el implacable capo de la mafia florentina, entra en su mundo, el destino de Valentina se subasta al mejor postor. Por una cifra exorbitante y una promesa de protección, ella es enviada al otro lado del Atlántico para convertirse en la esposa de un hombre que es puro hielo y silencio. En la opulenta Florencia, Valentina descubre que Dante no es el monstruo que esperaba, sino algo mucho más peligroso: un hombre que la observa con una curiosidad devastadora. Entre lujos asfixiantes y reglas invisibles, Valentina rompe la única norma de Dante: ella no le teme. Mientras los muros entre ambos caen a través de gestos mudos, el pasado en Miami se niega a soltarla, recordándoles que, en este mundo, lo que se compra con sangre, suele reclamarse de la misma forma.
Leer másPOV: Valentina
No era la primera vez que un hombre me miraba como si pudiera comprarme. Pero era la primera vez que uno lo hacía sin tocarme. Estaba en la esquina más oscura del VIP, con un traje negro, con un vaso en la mano, y no había quitado los ojos de mí en veinte minutos. No con hambre, no con asco, sino con algo que no supe nombrar y que me puso la piel de gallina a pesar del calor del escenario. Seguí bailando, contoneando mis caderas, agarrándome del tubo y exhibiendo mi cuerpo casi desnudo, excepto por esas tiras de encaje rojo que cubrían mis pezones y vulva. Ese era mi trabajo. Moverme, aunque el mundo se estuviera cayendo, aunque tuviera los pies destrozados, aunque el tío Miguel me hubiera dicho esa tarde que había "arreglado algo para mi" y se negara a decirme qué. La música tronó y yo giré alrededor del tubo, dejando que el movimiento me vaciara la cabeza. Luces rojas, azules y amarillas inundaban el escenario. El olor a alcohol caro y sudor barato llenaba el lugar cada noche y aun así no me acostumbraba. Doce años bailando en este escenario, primero porque no tenía opción y después porque ya no sabía hacer otra cosa. Cuando terminó la canción, bajé del escenario. Miguel me estaba esperando al pie de las escaleras con mi bata en mano. Se la quite y me la puse sin siquiera mirarlo, me repugnaba en exceso. —Ven —dijo, sin mirarme a los ojos. Eso nunca era buena señal… solo de pensar para que me quería se me revolvió el estómago. Me llevó a la oficina privada del fondo, la que solo estaba abierta cuando había negocios que no quería que nadie más escuchara. Olía a cigarro y a las colonias caras que se ponía cuando quería impresionar a alguien. El hombre guapo de la esquina oscura estaba sentado frente al escritorio. De cerca era terriblemente apuesto pero a la vez, peligroso. Alto. Ancho de hombros de una forma que no tenía nada que ver con un gimnasio. Mandíbula como tallada por un artista, una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, ojos color azul profundo y un cabello castaño oscuro. Traje oscuro, sin corbata, los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Manos grandes sobre las rodillas y una maldita boca que me encantaría probar. Me miró exactamente dos segundos. Después miró a mi tío Miguel. —Ella —dijo. Una sola palabra, en un español con acento que no supe ubicar. El calor me subió por el cuello. —¿Yo qué? —cuestioné a mi tío. Miguel me puso una mano en el hombro, lo que significaba: cállate. Me quité su mano de encima. —¿Alguien me puede explicar qué está pasando? El hombre volvió a mirarme. Esta vez no fueron dos segundos. —Tu tío tiene una deuda casi impagable conmigo —informó—. Llevamos tres años siendo pacientes, pero ya no más. —No es mi deuda… —No, no lo es. —Algo en su boca se movió, casi una sonrisa, pero no llegó a serlo—. Pero eres su solución. Se me cerró la garganta y me sudaron las manos. Volteé a ver a Miguel. Mi tío, el hombre que me recogió del suelo después de que mataron a mi familia, el hombre que me había puesto a bailar a los dieciocho para pagar sus propias deudas, estaba mirando el piso.—Digamos que vi algo en tu forma de moverte la noche que te conocí en Miami —dije, bajando el tono de mi voz para que no me traicionara el pulso—. Vi algo que no debió haberme importado un carajo. En este mundo, Valentina, las debilidades se eliminan o se protegen. Construir este cuarto, oculto del resto de la casa, fue la única manera limpia que encontré de no pretender que lo que vi no había pasado. De no volverme loco intentando ignorarte en los pasillos. Valentina se giró de golpe desde el umbral del vestuario. Me clavó una mirada tan pura y desarmante que sentí la tentación física de ponerme en pie. —Eso que acabas de decir es lo más honesto y lo más jodidamente críptico que te he escuchado en dos semanas —sentenció, con un hilo de voz. —Es lo que hay, Valentina. Es lo único que vas a obtener de mí hoy. —¿Y si me niego? —desafió, dando un paso hacia el centro de la tarima—. ¿Y si te digo que te metas tu barra de acero y tus espejos por donde te quepan? —Esta conversación
—No —respondí, apoyando los hombros contra el marco de la puerta—. Aquel es tu cuarto de ensayo. Tu espacio para estirar las piernas si te aburres de la biblioteca. Este cuarto es exclusivo para nuestras sesiones.Giró la cabeza despacio, mirándome como si estuviera viendo a un enemigo que acababa de desvelar una estrategia oculta.—Me dijiste que prepararías un lugar, sí... pero esto es una locura. Tiene hasta un camerino privado. ¿Cuánto tiempo llevas montando este teatro a mis espaldas?—Dos semanas, Valentina. Las contraprestaciones del trato se planifican con tiempo. No quise agobiarte con los detalles el día que pisaste esta casa, ni durante estos quince días que dices que te ignoré. Este espacio es para tu uso exclusivo. Y para mis ojos.Caminé hacia el sillón de cuero que permanecía en el ángulo muerto del espejo y me dejé caer en él. Crucé los brazos sobre las rodillas, sosteniéndole el pulso visual sin parpadear.—Cuando yo lo solicite, Valentina, vas a bailar aquí. Para mí,
POV. DanteEse maldito salón del ala este llevaba dos semanas clausurado bajo llave. Fui yo mismo quien giró el cerrojo el mismo día en que el avión privado que traía a Valentina despegó de las pistas de Florida.No le había soltado una sola palabra del asunto a nadie. Ni a Marcos, que solía husmear con ojo clínico en cada factura que entraba a la villa, ni a Rommel, que tendía a ponerse insoportablemente incisivo cuando detectaba la menor alteración en la logística de la propiedad. Mandé a remodelar el cuarto en un mutismo absoluto, recurriendo a contratistas externos que ni siquiera sabían a nombre de quién facturaban. En cuanto la última moldura estuvo en su sitio y los técnicos se marcharon, guardé la llave de latón en mi bolsillo y me decidí qué era mejor esperar.¿Esperaba qué? Esa era una pregunta jodidamente compleja que me negaba a desmenuzar frente al espejo por las mañanas.Sin embargo, tras la encerrona en mi despacho —esa donde ella irrumpió exigiendo verdades desnudas y
POV: Valentina—¿Por qué me trajiste realmente? —pregunté, intentando recuperar el control—. Dime la verdad.Dante se apartó un poco, pero no lo suficiente. Su mirada seguía siendo fuego puro.—Necesito que aparezcas conmigo en ciertos contextos. Eventos, reuniones, situaciones donde importa que haya alguien al lado. —Hizo una pausa—. Y necesito que seas alguien que entienda el mundo en que se mueve ese alguien.—¿Por eso me dejaste esos libros?Dante no respondió de inmediato, pero su mirada me estudiaba.—Los libros fueron una decisión aparte—dijo.—¿De quién? -cuestioné curiosa.—Mía… -alzó una ceja orgulloso.—¿Por qué?—Porque… —dijo, con una calma que me resultó físicamente irritante— me pareció que te iban a ser útiles.Cruce los brazos al no recibir más información, a este hombre hay que sacarle las palabras a cuentagotas.—Dante…—Valentina…—Para ya —Di un paso peligrosamente hacia él—. Necesito que hables conmigo como si fuera una persona adulta que puede manejar informació
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