No tuve tiempo ni de pensar.
Me puse lo primero que encontré —una camiseta larga y un pantalón— y salí al pasillo todavía con el eco de la explosión vibrándome en los huesos.
Alexander ya venía bajando las escaleras.
Iba descalzo. Armado. Bajando los escalones de dos en dos.
—¿Qué pasó? —le pregunté, alcanzándolo.
—Parece un ataque —respondió sin mirarme, la voz tensa, alerta.
Salimos al patio principal rodeados de hombres armados. El olor a pólvora aún flotaba en el aire, pero cuando mis ojos