Esa noche no dormí.
Me quedé sentada en la cama, con la espalda apoyada contra la cabecera y las manos sobre el vientre. La bebé se movía de vez en cuando. Pataditas suaves. Como si supiera que algo no estaba bien y quisiera recordarme que ella seguía ahí.
—No va a pasar nada —le susurré—. Tu papá y yo no vamos a dejar que nada te pase.
Pero el miedo estaba ahí. Instalado en el pecho. Pesado como una losa.
Prima.
Esa palabra me persiguió durante horas. La repetí en mi mente una y mil veces trat