Mundo ficciónIniciar sesiónAtrévete a descubrir una colección de relatos eróticos diseñada para despertar la imaginación. Historias intensas, personajes irresistibles y fantasías poco comunes se unen en un libro pensado para quienes buscan experiencias de lectura cargadas de sensualidad y deseo.
Leer másLa alarma que puso en su móvil antes de dormir la hizo dar un respingo cuando sonó. Le había cambiado el tono para que su cerebro no la pasara por alto. Estaba cansada de siempre ir apurada por culpa de sus alarmas que no «sonaban a tiempo». La realidad es que Lena sabía que no es que no sonaran, es que ella las ignoraba, por eso decidió cambiar la tonada por una más aguda y fuerte.
Dio un brinco en la cama, asustada, llevando la mano hacia la mesita de noche donde descansaba el móvil y, como pudo, apagó la alarma.
Se quedó un momento en la cama, queriendo dormir por cinco minutos más. Su cerebro estaba en la neblina del amanecer, y sus músculos laxos estaban relajados.
Suspiró y se removió en la cama. Su ceño se frunció al notar sus pechos extraños. Sacudió la cabeza y abrió los ojos, parpadeando para poder acostumbrarse a la luz que se coló por la ventana entreabierta de su habitación.
Estiró los brazos y las piernas y se sentó con la espalda pegada al respaldo de la cama. Chasqueó la lengua y llevó sus manos a sus pechos grandes y pesados.
Tenía unos días en los que se sentía muy rara. Su libido aumentó y muchas veces al día sentía la imperiosa necesidad de tocarse, de sentir un hombre llenándola, no obstante, esa opción quedó descartada días atrás, cuando su novio la abandonó por otra. Ni al caso, no le importó mucho, aunque sí extrañaba su miembro duro y erguido que muchas veces la llevó al éxtasis. Muy a su pesar, ese no era el único síntoma que tenía. Sus pechos que siempre fueron grandes, como dos globos de carne torneada en una pequeña esfera con leve forma de lágrima, habían crecido al menos una talla y estaban muy sensibles. Le dolía ponerse sostén y muchas veces tenía que recurrir a capas de ropa holgada para prescindir del sujetador, pese a que eso conllevaba llamar la atención de hombres morbosos que miraban sus tetas con hambre. Sí, lo sabía, tenía un cuerpo llamativo capaz de hacer voltear a muchos y, por norma, eso no le molestaba, a veces hasta se sentía alagada, sin embargo, sin sostén… esas miradas se hicieron más incisivas y le incomodaba no poder ocultar sus pechos adoloridos.
Encima de esos síntomas que ya de sí eran bastante fastidiosos y enturbiaban su cabeza, tenía otro, y es que, cuando alcanzaba a masturbarse, su estrecha cavidad se humedecía demasiado y no podía parar una vez comenzaba. Incluso descubrió que era una mujer multiorgásmica.
Estaba mal, se sentía como una completa ninfómana, y eso la asustó y avergonzó.
Lena siempre fue una chica recatada, tranquila. Le gustaba el sexo como a cualquiera, podía prescindir de él durante algún tiempo. Tenía una relación bastante sana con su cuerpo y no se castigaba cuando necesitaba aliviarse. Era una mujer de pensamiento moderno, claro, pero tenía su límite y estaba por alcanzarlo…
Palpó sus pechos desde el borde. Le dolían y se sentían más pesados que nunca, además, se habían hinchado. Bajó la cabeza y sus ojos se perdieron en esos pequeños círculos mojados que coronaban encima de sus pezones sensibles.
Sus ojos se abrieron al comprender lo que estaba viendo.
―¡No! ―exclamó apurada, con la garganta cerrada y el corazón galopándole, golpeando el esternón.
Se levantó de la cama tirando de las cobijas que cubrían su cuerpo curvilíneo. Con rapidez, se quitó la camisa de tirantes que cubría sus pechos generosos y observó las puntas rosadas.
Con temor, respirando de manera superficial y sin perder detalle del gesto, llevó las manos a sus pechos y se los apretó. El gesto se le deformó, sus párpados se entornaron y su boca se abrió en una mueca de dolor, mientras apretaba sus dientes. No perdió de vista esas gotas gruesas y copiosas que salieron de sus pezones y se deslizaron por la curvatura hasta caer en su abdomen.
Gimió aterrada y no pudo más.
Corrió hacia la ducha, y se bañó con tal rapidez que no supo si se enjuagó el cabello bien. Al salir, se vistió con un vestido ajustado de tirante que le llegaba a medio muslo, solo poniéndose las bragas por debajo, y sobre el vestido, un cardigán delgado para cubrir sus senos desnudos, pese a que los pezones se podían apreciar a través de las capas de tela.
Se movió con premura, agitada, con la respiración superflua y sus latidos resonándole en los oídos.
Le costó ponerse las zapatillas, olvidándose de las medias, solo necesitaba arreglar su asunto de una vez por todas.
Sabía que lactar no era normal en sus circunstancias. Ella no estaba embarazada, su período, aunque fue poco, llegó hacía dos semanas. Tampoco se estaba hormonando por ningún medio, tomaba siempre sus vitaminas, pero eran las mismas de toda la vida.
Pensó en todos los panoramas cuando salió del departamento pequeño que sus padres le rentaron para estudiar en la universidad, a la que ese día no asistiría. Se perdería las claras y todo, pero no podía ir así. Se imaginaba lo bochornoso que sería que alguien la viera con grandes círculos de leche sobre sus pechos. No, eso no podía suceder.
Pero ¿qué le estaba pasando?
Pensó… ¿Sería un tumor?, ¿estaría embarazada y la sangre que pensó que era menstruación no era tal? Había escuchado de casos donde mujeres embarazadas tuvieron sangrados como si tuvieran la regla, pero sin que esto afectara al bebé.
Se palpó el vientre plano, no sintió nada.
¿Cuánto hacía que no tenía sexo con un hombre…? Llevaba mucho tiempo, incluso antes de cortar con su novio, tenían algún tiempo en el que casi no se veían, y mucho menos tenían espacio para poder tener sexo. Quizás eso fue lo que motivó el engaño, lo consideró durante unos días, sin embargo, como no estaba enamorada, no echó de menos la relación.
No obstante, una cosa era que ya no tuviera nada con su exnovio, y otra muy diferente que estuviera embarazada de él, eso sí que le importaba.
Volvió a pasar las manos por su abdomen, al tiempo que el ascensor del edificio la llevaba al aparcadero, donde tenía su coche.
Corrió con las llaves en una mano, y se sostuvo los senos para que no brincaran con la otra. Le dolió correr, sentía que sus senos estaban por explotar.
En el coche, encendió el motor con rapidez, y puso el celular en el «manos libres», llamando directo a la clínica donde tenía su expediente desde hacía un año.
Lena padecía de algunas alergias y tuvo un brote en su segundo año en la universidad.
―Buenos días, Clínica Esperanza ―atendió una señorita de voz dulce y cordial.
Ese día se fue de la oficina sin que pudiera hacer nada. Luego me enteré de que se ofreció para ayudar a Anderson. Sospeché que lo hizo porque quería verme… Su nuevo «trabajo» me dio espacio para seguir hablando con ella, por un momento hasta me permití ser informal, incluso llegué a comer a su lado, un día en el que la cafetería estaba llena y ella estaba almorzando sola. Le pedí permiso para sentarme en su mesa y con una sonrisa nerviosa aceptó. Fue la primera vez que estuvimos juntos fuera de la oficina y se sintió raro, no solo para ella, sino también para mí. Algunas alumnas a las que les daba clase en ese momento no dejaron de verme, pero disimulé y hablé con Julieta sobre un libro que me recomendó. Siempre le gustó leer, era una persona de leer libros clásicos y me recomendó uno días atrás. Por supuesto, lo leí en las noches, mientras mi cabeza no dejaba de recordarla, de pensar en su piel, en sus labios moviéndose, en sus sonrisas discretas, en las coquetas, en sus ojos brilla
Nos tardamos en concebir. Llevábamos más de tres años casados, años en los que descubrimos las mieles de una pareja sin hijos, hasta que Julieta quiso ser madre y me bendijo con su embarazo. Siempre quise una familia numerosa, quizá dos o tres hijos, sin embargo, Julieta acababa de salir de la facultad cuando nos casamos. Era una excelente decoradora de interiores y le encantaba lo que hacía, así como su trabajo en una pequeña empresa en la que hizo las prácticas, por ello no la presioné para engendrar, la dejé. Yo no era quién para cortar sus bellas alas de hadita que me enloquecieron con su feminidad desde el principio.Julieta era libre desde que la conocí y quería que siguiera siendo la misma mujer, quería que siguiera su camino, quería acompañarla, verla feliz y realizada. Claro, ambos queríamos ser padres, pero no por ello la iba a apurar, por mucho que la gente dijera que se me iban a pasar mis «años buenos» y terminaría siendo uno de esos padres consentidores que no disciplina
El trinar del metal en contacto con el platón de cerámica donde dejábamos las llaves de la casa, del coche y poco más, resonó en la estancia de la entrada.Inspiré hondo y el aroma de la comida inundó mis fosas nasales.A pasos cortos, me encaminé hacia la cocina, donde seguro la encontraría. En el trayecto, me desanudé la corbata celeste, y me quité los primeros botones de la camisa, así como dejé la americana sobre el sofá blanco y mullido de la sala.Desde el arco que creaba una pequeña división entre el comedor y la cocina, la contemplé, apoyándome en el pilar que se redondeaba hacia el techo.Sonreí al admirar su figura y me quité la corbata lanzándola junto a la americana.Me relamí, mis ojos repasaron sus pies descalzos, sus pies níveos, suaves y delicados que siempre tenía bien cuidados. Me encantaba cómo le quedaban los esmaltes oscuros en sus uñas rectas y cuadradas. Y lo que hacía con sus arcos estilizados… Puf, podía soñar con sus pies durante horas y horas, contemplar su
―Sí eso quiere mami… Pero antes, tiene que prometerme que solo dejara que su bebé la llene, que solo revotara sobre el pene de su pequeño, que solo le dará sus tetas cargadas de leche a su nene, de lo contrario, no podrá calentarle el coño ―indiqué juguetón y mi pulgar rozó su clítoris hinchadito.Gimió y se apretó los pechos una vez más. Me miró en medio de las pestañas, con la boca entreabierta.―Mami solo quiere a su pequeño. Solo con su bebé que la hace sentir tan bien con su pene grande, grueso y caliente. Solo te quiero a ti, mi niño especial ―sollozó enardecida, su tono se modificó y la lujuria afloró de su interior.Sonreí, malicioso.Pequeña golfa…¡Cómo no me di cuenta antes!, cómo no supe reconocerla, cómo no entendí que siempre fui el conejo en el juego de la zorra de curvas peligrosas que se pavoneó ante mí con sus tetas apetitosas.Llevé la mano a su cuello y estiré su cabeza para que me mirara bien cuando la penetré hasta lo más oscuro de su interior, porque no estaba d





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