A la mañana siguiente bajé temprano a la cocina. El desayuno en la cocina de la mansión era mi nueva fuente de información. Lejos de los oídos de Alexander y Nathalia, las empleadas hablaban. Y yo escuchaba. Ellas lo veían todo. Lo oían todo.
Me serví una taza de café y me apoyé en la encimera, fingiendo normalidad.
—Qué raro, ¿no? Nunca veo al niño. A Mika. Con lo grande que es esta casa, uno pensaría que se lo cruzaría por los pasillos.
La cocinera, una mujer mayor de manos curtidas, suspiró.