La mansión estaba en silencio cuando regresamos.
Los guardias nos miraron al pasar, pero nadie dijo nada. Subimos las escaleras sin hablar. Sus manos entrelazadas con las mías. Mis dedos aún temblaban.
Llegamos a su habitación. Cerró la puerta detrás de nosotros.
—Podrías haber muerto —dije, con la voz rota.
—Tú también —respondió él —. Y eso me preocupaba más.
Me di cuenta de que algo entre nosotros había cambiado. Verlo aparecer en el callejón, arriesgando su vida por mí... destrozó algo que