Subí a la habitación de Ezra con la foto aún entre las manos.
Él seguía durmiendo. El pecho subía y bajaba con calma. El brazo extendido hacia mi lado de la cama, como si me hubiera buscado mientras dormía.
Me metí entre las sábanas. Me apoyé en su hombro. Cerré los ojos.
Pero no podía dormir. Y estaba inquieta.
—Qué pasa —preguntó él de repente. Con la voz ronca. Con los ojos aún cerrados.
—Pensé que estabas dormido.
—Lo estaba —abrió los ojos —. ¿Pasa algo?
Suspiré. Tomé la foto.