Los hombres de Renato me rodearon.
No había salida. No había escapatoria. Solo ellos y yo.
Respiré hondo.
Concéntrate.
Recuerda las clases.
Las llaves. Los golpes. Las caídas. Entrenaste muchísimo, estás preparada.
El primer hombre se acercó. Confiado. Creyendo que sería fácil.
Se equivocó.
Esperé hasta que estuvo a mi alcance. Entonces golpeé. Directo a la garganta. Como me enseñó Ezra.
El hombre cayó al suelo, tosiendo, sin aire.
—¡¿Qué?! —escuché a Renato detrás de mí.
Otro hombre me agarró