VALENTINA
La mañana llega con un cielo gris que no promete piedad. El convento está en un silencio espeso, antinatural. Nadie canta, nadie barre, las campanas no suenan a tiempo, como si incluso el metal dudara.
Cerca de las siete los veo llegar. Dos patrullas y un auto negro, sin distintivos. Los observo desde el corredor que da a la cocina y siento cómo el estómago se me contrae. El miedo no irrumpe de golpe; se instala lento, como una humedad fría en los huesos.
El padre Vittorio sale a recibirlos.
—Estoy muerta de cansancio. Quiero dormir. Sor Benedetta nos obligó a permanecer en oración hasta que llegara la policía, y recién ahora aparecen. — menciona Sor Lucia —acercándose.
—Seguramente estuvieron primero en el hospital —agrego, intentando encontrar una explicación que no suene a reproche, aunque el agotamiento me pese en los huesos.
Mis piernas tiemblan. La noche ha sido demasiado larga, y aún no ha terminado.
Entonces lo veo. Entre ellos está Marco. El mismo hombre que algunas