CAPITULO 30

VALENTINA

La noche duerme sobre el orfanato como un animal exhausto, envuelto en un manto espeso de cansancio y desaliento. Todo parece en calma… hasta que un gemido rompe el silencio, como un vidrio al estrellarse contra el suelo.

Es Matteo. Reconozco su voz de inmediato, fuera de mi celda.

Salto de la cama antes de pensar. Mis pies descalzos resbalan sobre la piedra helada mientras abro la puerta de golpe. Lo encuentro temblando, empapado en sudor, encorvado como si algo lo partiera desde dentro.

—Hermana… —murmura—. Me duele mucho el estómago.

Los gemidos se multiplican, se vuelven más fuertes, más cercanos, hasta hacerse insoportables. Lo tomo en brazos y lo llevo de vuelta al dormitorio. Antes de llegar, escucho más quejidos.

—Por Dios santo… ¿qué está pasando?

Matteo solo atina a llorar, y el corazón se me parte. Empujo la puerta del dormitorio.

El olor me golpea primero. Un ácido espeso me quema la garganta. Luca está doblado sobre sí mismo, convulsionando en su cama, el rostro
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