MARCO
Cuando cruzamos el portón del orfanato, el silencio que nos siguió fue más punzante que cualquier despedida. La puerta del convento se cerró a nuestras espaldas con un chirrido largo, cansado, como si el edificio mismo exhalara aliviado al vernos partir. El aire afuera era más limpio, pero no menos denso.
Rinaldi bajó los escalones con el ceño fruncido, mascando el silencio como si fuera tabaco rancio. Yo caminé detrás, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en los portones de hierro.
—¿Qué es lo que pretendes, Bellini? —escupió de pronto—. ¿Por qué demonios quieres llevarte a esa monjita a la comisaría?
No respondí enseguida. Me detuve a unos pasos del auto y miré hacia el edificio.
—Porque aquí no va a decir nada —dije al fin—. No mientras esa madre superiora la vigile como un halcón. Hay algo que no encaja… algo que la obliga a callar.
Rinaldi soltó un bufido.
—¿Tú crees que fue ella la que envenenó a los críos?
Negué con la cabeza.
—No. Ella no hizo daño a nadie. Per