MARCO
Cuando cruzamos el portón del orfanato, el silencio que nos siguió fue más punzante que cualquier despedida. La puerta del convento se cerró a nuestras espaldas con un chirrido largo, cansado, como si el edificio mismo exhalara aliviado al vernos partir. El aire afuera era más limpio, pero no menos denso.
Rinaldi bajó los escalones con el ceño fruncido, mascando el silencio como si fuera tabaco rancio. Yo caminé detrás, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en los portones de hie