El amanecer no trajo paz.
Trajo cálculo.
Anabel salió de la habitación sin mirar atrás. Leonardo dormía aún, desnudo y desarmado, con el pecho subiendo y bajando en una calma que no merecía. Ella no sintió culpa. La culpa era un lujo para los inocentes.
Se vistió en silencio. Cada prenda era una decisión. Cada paso, una renuncia final.
En el garaje subterráneo la esperaba Vincenzo.
—¿Terminó? —preguntó él, sin rodeos.
Anabel asintió. Sus ojos no brillaban; ardían.
—Está confiado. Cree que esta