La noche los encontró sin defensas.
Francesco abrió la puerta y Valeria estaba ahí, con el corazón latiéndole en los ojos. No traía reproches. No traía exigencias. Solo una verdad cansada de esperar.
—No vengo a pelear —dijo ella—. Vengo a sentir… aunque sea por esta noche.
Él la miró largo rato. En su pecho, todo era ruido. Anabel, Leonardo. El pasado. La culpa.
Y Valeria, tan real que dolía.
—Pasa —dijo al fin, con una voz que no reconoció como propia.
No hablaron más.
El primer beso fue torp