Francesco llegó cuando todo ya ardía.
No bajó del auto.
No hizo preguntas.
No necesitó explicaciones.
Desde la penumbra del asiento, con el motor aún encendido y el pulso clavándole las sienes, observó cómo sacaban a Leonardo esposado, empujado, reducido a un cuerpo más entre luces rojas y azules.
El rey caía.
Y el mundo seguía girando.
Francesco apretó el volante con fuerza. Sus nudillos se pusieron blancos.
Anabel…
El nombre no fue un reproche. Fue una revelación.
—Este era tu plan —pensó—. T