La sospecha no llegó a Anabel como un relámpago.
Fue peor.
Llegó como una gota constante, paciente, erosionando cada certeza que aún conservaba.
Leonardo sabía demasiado.
Demasiado de ella.
Demasiado de Ginevra.
Y eso solo podía significar una cosa: el pasado ya no estaba enterrado. Solo estaba esperando.
Anabel permanecía sentada en su estudio, con el teléfono entre las manos, sin marcar. La noche anterior no había dormido. Cada palabra de Leonardo se le repetía como un eco venenoso.
“Nadie to