La noche cayó como una sentencia.
En la mansión, Anabel permanecía de pie frente al ventanal, sin encender las luces. El reflejo del vidrio le devolvía una versión de sí misma que apenas reconocía: los ojos cansados, la mandíbula tensa, la respiración contenida. Valeria ya se había ido, dejando tras de sí un eco de reproches que todavía ardían.
Lo estás destruyendo.
Las palabras se le clavaban como agujas.
—No —susurró Anabel, casi con desesperación—. Te estoy salvando.
Pero incluso ella empeza