El portón del almacén se cerró de golpe.
El eco metálico resonó en el espacio vacío mientras Francesco avanzaba con pasos furiosos, cada uno descargando un poco de la rabia que lo consumía. Golpeó la mesa con los puños, respirando con fuerza. Su corazón estaba arrasado por el rechazo, y la certeza de que Anabel nunca sería suya lo atravesaba como un cuchillo.
Desde el otro extremo del almacén, Valeria lo observaba en silencio. No necesitaba palabras para entenderlo: todo en su cuerpo gritaba do