Desde un rincón del club, Francesco observaba la escena con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. La música se movía al ritmo de la pasión y la tensión, y sus ojos se centraron en Anabel, ahora conocida como Ginevra, mientras bailaba con Leonardo. La forma en que se movía, la confianza que emanaba, lo deslumbraba, pero también lo llenaba de celos.
Francesco sintió que sus pensamientos se agitaban. Sabía que su lealtad hacia Anabel era inquebrantable; estaba decidido a ayudarla a vengarse