La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido suave, casi irrelevante. Fue ese pequeño gesto el que terminó de romper la última barrera invisible. La habitación quedó sumida en una penumbra cálida, iluminada apenas por la luz que entraba desde los ventanales. Anabel permaneció de pie unos segundos, como si aún dudara de sus propios pasos.
Giovani la observaba en silencio.
Por primera vez desde que la conocía, no la veía como la jefa de la mafia italiana, ni como la estratega implacable. La v