La mansión estaba envuelta en un silencio tenso, apenas interrumpido por el murmullo lejano de la ciudad. Anabel permanecía sentada en la cabecera de la mesa, con la mirada firme y la mente afilada. Frente a ella, los emisarios del cartel colombiano cerraban los últimos detalles del acuerdo: rutas seguras, tiempos exactos, porcentajes cuidadosamente calculados. El cargamento llegaría pronto, y con él, una bocanada de poder que la mafia italiana necesitaba para mantenerse en la cima.
Giovani obse