—Dante, no me mientas. Esa llamada de Giovanni no era por un puerto cualquiera —dije, cruzando los brazos mientras lo observaba desde la puerta de la habitación. La lluvia seguía cayendo afuera, un tamborileo constante que parecía burlarse de la calma que habíamos fingido durante semanas.
Él se giró lentamente, con Sofia aún dormida contra su pecho. Sus ojos azules, esos que una vez me habían devorado en un estudio oscuro, ahora cargaban un peso nuevo. Cansancio. Rabia contenida. Y algo más osc