Marco Lombardi me observaba desde la penumbra como si yo fuera un trofeo que acababa de ganar en una apuesta perdida. La luz de una sola bombilla colgaba sobre mi cabeza, balanceándose ligeramente, proyectando sombras largas que bailaban en las paredes agrietadas. Tenía las manos atadas a la espalda con bridas de plástico que ya empezaban a cortarme la circulación. Los tobillos sujetos a las patas de la silla metálica. No había escapatoria fácil, pero tampoco pensaba pedirla.
Marco se acercó de