Marco Lombardi me observaba desde la penumbra como si yo fuera un trofeo que acababa de ganar en una apuesta perdida. La luz de una sola bombilla colgaba sobre mi cabeza, balanceándose ligeramente, proyectando sombras largas que bailaban en las paredes agrietadas. Tenía las manos atadas a la espalda con bridas de plástico que ya empezaban a cortarme la circulación. Los tobillos sujetos a las patas de la silla metálica. No había escapatoria fácil, pero tampoco pensaba pedirla.
Marco se acercó despacio, cojeando un poco por la herida de la pierna que nunca había sanado del todo. Llevaba una camisa blanca manchada de sudor y sangre seca, el mismo tipo de manchas que Dante llevaba después de una noche larga. Pero en Marco no había nobleza; solo amargura.
—Siempre supe que ibas a ser un problema —dijo con voz baja, casi cariñosa—. Desde la primera vez que te vi en aquel salón, con ese vestido negro que te quedaba demasiado bien. Dante se quedó ciego. Y yo… yo solo veía el desastre que se a