La villa en las colinas de Tivoli parecía sacada de una postal antigua: cipreses altos, fuentes de piedra musgosa, jardines geométricos que bajaban en terrazas hasta el valle. Pero nadie iba allí por el paisaje. Don Fabrizio Greco la usaba para reuniones que no podían hacerse en Roma, en hoteles ni en restaurantes. Lugares donde las paredes no tenían oídos y las ventanas no miraban a ninguna calle.
Llegamos en dos vehículos blindados, con veinte hombres distribuidos en formación cerrada. Dante conducía el primero. Yo iba a su lado, con un vestido negro de corte recto que llegaba justo por encima de la rodilla, tacones bajos y el cabello recogido en una coleta alta. No llevaba joyas salvo el anillo de esmeralda y la Beretta pequeña en una funda de tobillo. Dante vestía traje gris oscuro, camisa negra, sin corbata. Parecía un hombre que va a una boda… o a un funeral. Depende del día.
Cuando bajamos, los guardias de Greco nos cachearon con respeto pero sin prisa. Ninguno intentó tocarme