La villa en las colinas de Tivoli parecía sacada de una postal antigua: cipreses altos, fuentes de piedra musgosa, jardines geométricos que bajaban en terrazas hasta el valle. Pero nadie iba allí por el paisaje. Don Fabrizio Greco la usaba para reuniones que no podían hacerse en Roma, en hoteles ni en restaurantes. Lugares donde las paredes no tenían oídos y las ventanas no miraban a ninguna calle.
Llegamos en dos vehículos blindados, con veinte hombres distribuidos en formación cerrada. Dante