Tres semanas después
Villa Salvatore, colinas de Castelli Romaní
La paz olía a jazmín y a rosas frescas.
Habían pasado veintiún días exactos desde la masacre controlada del hotel Excelsior y Roma parecía haberse tragado el miedo. Los periódicos hablaban de «atentado fallido de la mafia albanesa» y de «rápida intervención de las fuerzas del orden». Nadie mencionó a Dante Salvatore ni a mí. Los capos habían cumplido: bocas cerradas, manos quietas. Por ahora.
La villa nueva era más pequeña que el palazzo destruido, pero inexpugnable: muros de tres metros, cámaras térmicas, drones propios sobrevolando cada noche, y un sistema de túneles bajo la colina que solo conocíamos Dante, Giovanni y yo. Mi madre había sido trasladada allí dos días después del Excelsior. La suite del ala oeste tenía vistas a los viñedos y una enfermera suiza que no hablaba italiano. Luciana mejoraba cada día; ya caminaba con bastón y me sonreía como si yo siguiera siendo la niña que le llevaba flores robadas del parq