¡BANG!
El sonido no fue un disparo. Fue un trueno dentro de una catedral. El cañón de la Desert Eagle escupió una lengua de fuego de medio metro, un fogonazo blanco y anaranjado que incineró la penumbra roja de la sala y cegó momentáneamente a todos los presentes.
El tiempo, caprichoso en los momentos de muerte, decidió detenerse.
Elena vio el destello.
Sintió la onda expansiva del aire comprimido golpeándole la cara.
Cerró los ojos.
No por cobardía, sino por aceptación. Había expuesto la verda