El émbolo de la jeringa bajó con una suavidad aterradora.
Elena Vargas observó cómo el líquido dorado, esa mezcla imposible de la ciencia de su padre, la memoria de su hermana y la culpa de la familia de Rafael, desaparecía dentro del catéter que conectaba con la vena del brazo izquierdo de Mía.
No hubo sonido. No hubo un trueno.
Solo la física de fluidos haciendo su trabajo. El oro líquido entró en el torrente sanguíneo, corriendo hacia el corazón para ser bombeado directo al cerebro que se ap