El brazo de Rafael se cerró alrededor del cuello de Marcus Thorne como una prensa hidráulica.
No había técnica refinada en su movimiento, solo la fuerza bruta de la desesperación. Rafael apretó, cortando el flujo de sangre a las carótidas del magnate, mientras Thorne pataleaba y arañaba el brazo de su agresor, clavando las uñas en la tela de la chaquetilla de camarero hasta rasgar la piel.
—¡Muérete! —gruñó Rafael al oído de Thorne, con la sangre manándole de la nariz rota y goteando sobre el e