BUM.
No fue una explosión de fuego, sino de sonido. Un golpe sordo, profundo y vibrante que se sintió en las suelas de los zapatos antes que en los oídos. Provenía de debajo del escenario, de las entrañas técnicas del Hotel W, donde los racks de servidores locales estaban siendo forzados a trabajar más allá de sus límites térmicos por el Protocolo Ícaro.
BUM.
Una segunda vibración sacudió la Gran Sala.
El olor a plástico quemado y silicio fundido empezó a filtrarse por los conductos de aire aco