El sonido era áspero, agresivo.
Rasca... rasca... rasca.
Era el ruido de un lápiz de grafito siendo arrastrado con fuerza excesiva sobre el papel de un cuaderno de dibujo.
Estaban en una "casa segura", un piso franco propiedad de la antigua empresa de seguridad de Rafael en las afueras de Sant Cugat. No había lujos, solo muebles funcionales, persianas bajadas y un sistema de vigilancia perimetral que parpadeaba en monitores en el salón.
Mía estaba sentada en la mesa del comedor.
Hacía seis hora