El aire dentro del laboratorio principal de la Clínica Teknon estaba tan esterilizado que dolía respirarlo. Olía a alcohol isopropílico, a ozono y a la electricidad estática de la tensión no resuelta.
Rafael Montoya entró por la esclusa de descontaminación, terminando de abrocharse una bata blanca que le quedaba corta de mangas. Traía en las manos un matraz Erlenmeyer con una solución viscosa y transparente que acababa de sintetizar en el banco de trabajo auxiliar: el polímero de enlace, el inf