El apartamento de Rafael Montoya era un cementerio de tecnología obsoleta.
Torres de discos duros externos acumulaban polvo en las esquinas. Monitores CRT desmontados servían de sujetalibros para pilas inestables de expedientes policiales. Olía a café quemado, a ozono eléctrico y a esa soledad masculina que no se molesta en ventilar la habitación.
Elena estaba sentada en una silla giratoria a la que le faltaba una rueda, abrazándose a sí misma para contener los temblores residuales del *flashba