El cristal de la ventana del sótano cedió con un crujido sordo bajo la presión de la palanca que Rafael había encontrado en el maletero del coche robado.
Esperaron.
Un minuto de silencio absoluto. El viento silbaba entre los barrotes oxidados y la hiedra muerta. La luz amarilla que habían visto antes, esa vela solitaria en la profundidad, parpadeó a lo lejos, en otra habitación al final del pasillo subterráneo, pero nadie vino a investigar el ruido.
—Está despejado —susurró Rafael.
Ayudó a Elen