Mundo ficciónIniciar sesiónLa esposa elegida del rey demonio El reino entero le teme. De cabellos blancos, ojos azules y un corazón sellado por la crueldad, el rey Edrion es conocido como el Rey Demonio: un monarca que acepta esposas prometidas… solo para convertirlas en concubinas y desecharlas sin piedad. Cuando una joven dama noble es prometida al rey, su destino parece sellado. Pero ella se niega a renunciar a su libertad y al hombre que ama en secreto: un guardia de su propia familia. Desesperados, idean un plan impensable: hacer pasar a una joven pobre, idéntica a la noble, como la prometida real. La muchacha acepta ocupar un lugar que no le pertenece, creyendo que solo será una concubina más en la sombra del trono. Lo que nadie esperaba… es que el rey la eligiera. Convertida en la futura reina del hombre más temido del reino, atrapada en una mentira que podría costarle la vida, ella deberá sobrevivir a la corte, a un deseo prohibido y a un rey que jamás debía mirarla como lo hace. Porque el Rey Demonio no ama. Pero cuando elige… no perdona ni libera.
Leer másEl libro no se movió de donde lo había dejado el día anterior. Lyria lo miró desde la distancia varias veces a lo largo de la mañana, como si con solo observarlo pudiera resolver el problema que representaba, pero cada vez que pensaba en abrirlo, algo dentro de ella se tensaba. No podía seguir evitándolo. Pero tampoco podía enfrentarlo sola. —Necesito tu ayuda —dijo finalmente, girándose hacia su sirviente. La joven la miró con curiosidad, acercándose. —¿Con qué, mi lady? Lyria tomó el libro y lo sostuvo entre sus manos con una ligera incomodidad antes de hablar. —Quiero… que me leas esto. La sirvienta frunció el ceño. —¿Leerlo? Hubo una pausa breve, pero lo suficientemente significativa como para que la duda se sintiera antes de desaparecer. —Mi lady… —dijo con cuidado—, usted sabe leer. No fue una pregunta, sino una afirmación, y eso hizo que algo dentro de Lyria se tensara de golpe, porque por un instante el pánico subió rápido, amenazando con delatarla, a
El libro permaneció entre sus manos más tiempo del necesario, no porque lo estuviera leyendo, sino porque no sabía qué hacer con él. Lyria lo sostenía con cuidado, como si en ese gesto pudiera esconder la verdad que la incomodaba, pasando suavemente los dedos por la cubierta, memorizando la textura, el peso, incluso el olor, como si eso bastara para fingir que pertenecía a ese mundo. Pero no lo abría. Y aun así, cuando levantó la mirada y encontró a Edrion observándola, esbozó una pequeña sonrisa, una de esas que ya había aprendido a usar cuando no quería ser descubierta. —Lo leeré esta noche —dijo. Él no respondió de inmediato, pero algo en su mirada se suavizó apenas, como si aquella simple promesa le resultara suficiente. —Quiero saber qué te gusta —añadió ella, con una sinceridad que no era del todo fingida—. Lo que piensas… lo que ves cuando lees esto. —Entonces lo sabrás. Lyria bajó la mirada otra vez al libro, sintiendo cómo una inquietud leve volvía a instalar
El viaje fue más corto de lo que Lyria esperaba, aunque el tiempo pareció estirarse entre miradas y pequeños gestos que parecían decir más que las palabras. Cuando el carruaje se detuvo, una brisa distinta entró por la ventana, salada y viva, y ella frunció el ceño con curiosidad antes de bajar. Entonces lo vio. El mar. Se quedó quieta, completamente absorta, porque el agua se extendía hasta donde alcanzaba la vista, moviéndose sin descanso, brillando bajo la luz como algo que no pertenecía a su mundo. —Es… enorme —murmuró, sin poder evitarlo. Edrion no respondió. La observaba a ella. Lyria avanzó unos pasos, como si temiera que aquello desapareciera si se acercaba demasiado, y cuando la brisa movió su cabello, cerró los ojos un instante, dejándose envolver por la sensación. —Nunca había visto algo así… —dijo, con una emoción tan genuina que no intentó ocultarla—. Nunca había visto el mar, ¡Es tan hermoso! Edrion inclinó apenas la cabeza, mirándola con más atención
La confesión no llegó de inmediato, como si su madre necesitara reunir un valor que había pasado años evitando, sosteniendo ese secreto en silencio hasta que ya no pudo contenerlo más. Elinor la observaba con el pecho aún agitado, sin saber exactamente qué esperar, pero sintiendo que lo que estaba a punto de escuchar iba a cambiarlo todo.—Cuando naciste… —comenzó su madre, con una voz más frágil de lo que ella recordaba— no estabas sola.Elinor frunció el ceño, confundida, intentando procesar algo que no encajaba con lo que siempre había sabido.El mundo pareció detenerse en ese instante, como si todo a su alrededor dejara de existir, porque la palabra no tenía sentido, no encajaba con nada de lo que conocía, y por más que lo intentara, no podía tenerlo.—Tenías una gemela.—No… —murmuró, negando con la cabeza.Pero su madre no apartó la mirada.—Sí —respondió con firmeza—. Pero nació sin vida.La explicación llegó demasiado rápido, como si intentara cerrar la herida antes de que pud





Último capítulo