Mundo ficciónIniciar sesiónLa esposa elegida del rey demonio El reino entero le teme. De cabellos blancos, ojos azules y un corazón sellado por la crueldad, el rey Edrion es conocido como el Rey Demonio: un monarca que acepta esposas prometidas… solo para convertirlas en concubinas y desecharlas sin piedad. Cuando una joven dama noble es prometida al rey, su destino parece sellado. Pero ella se niega a renunciar a su libertad y al hombre que ama en secreto: un guardia de su propia familia. Desesperados, idean un plan impensable: hacer pasar a una joven pobre, idéntica a la noble, como la prometida real. La muchacha acepta ocupar un lugar que no le pertenece, creyendo que solo será una concubina más en la sombra del trono. Lo que nadie esperaba… es que el rey la eligiera. Convertida en la futura reina del hombre más temido del reino, atrapada en una mentira que podría costarle la vida, ella deberá sobrevivir a la corte, a un deseo prohibido y a un rey que jamás debía mirarla como lo hace. Porque el Rey Demonio no ama. Pero cuando elige… no perdona ni libera.
Leer másLas murallas de la ciudad aparecieron al amanecer del séptimo día.Altas, grises, imponentes.Lyria las observó desde la distancia con una mezcla de asombro y temor. Nunca había visto algo tan grande. El sol naciente teñía las torres de un dorado apagado, y las puertas principales ya comenzaban a abrirse para recibir a comerciantes, viajeros y carruajes nobles.—Ahí está —dijo el caballero—. Valmere.Lyria tragó saliva.—Es… enorme.—Acostúmbrate —respondió él—. A partir de hoy, este será tu mundo.Mientras se acercaban, el sonido de la ciudad comenzó a envolverla: cascos de caballos, voces, ruedas de madera contra piedra, el murmullo constante de vidas que se cruzaban sin mirarse. Todo parecía moverse demasiado rápido.—Recuerda —dijo el caballero en voz baja—. No mires con demasiada curiosidad. Una dama no se asombra en público.Lyria asintió de inmediato, aunque le costó no girar la cabeza a cada instante. Enderezó la espalda, suavizó el gesto y bajó ligeramente la barbilla, tal co
Elinor lo anunció sin rodeos. No hubo preámbulos, ni palabras suaves, ni rodeos innecesarios. Estaban sentadas frente a frente en la pequeña sala de la casa de campo, con la luz de la tarde entrando oblicua por las ventanas altas. Lyria tenía un libro cerrado sobre el regazo, aunque llevaba rato sin leer una sola palabra. —La prueba final llegará pronto —dijo Elinor, con la voz firme—. En dos meses. Lyria alzó la mirada de inmediato. —¿La prueba… final? Elinor asintió despacio. —Has aprendido todo lo que podía enseñarte aquí. Cómo caminar, cómo hablar, cómo callar. Has memorizado mi historia, mis gustos, mis silencios. —Hizo una pausa—. Ahora tendrás que ser yo frente a mi familia. El corazón de Lyria dio un salto doloroso. —¿Frente a… todos? —Frente a todos —repitió Elinor—. Mi padre, mis tíos, los invitados, los sirvientes que me conocen desde niña. Si superas eso, podrás sobrevivir en la ciudad. Si no… No terminó la frase. No hizo falta. Lyria apretó las m
Al amanecer, antes de que el castillo despertara por completo, Lyria fue sacada de la habitación en silencio y llevada a la casa de campo de la familia Avelyne, una residencia discreta, rodeada de jardines altos y lejos de miradas indiscretas. Allí, entre muros que guardaban secretos antiguos, comenzaron las clases a escondidas de los empleados: la joven noble y la muchacha usurpadora frente a frente, separadas solo por el destino, repitiendo gestos, palabras y silencios bajo la vigilancia estricta del caballero. Día tras día, Lyria aprendió a caminar como dama, a sostener la mirada sin desafío, a inclinar la cabeza con la exacta medida de respeto, mientras Elinor corregía cada error con nerviosismo y urgencia. Con el tiempo, y para sorpresa de todos, Lyria comenzó a moverse por la casa de campo como si siempre hubiera pertenecido a ella; recorría los pasillos con paso seguro, se sentaba a la mesa con naturalidad y respondía a los saludos con una gracia sencilla que nadie cuestionó. L
El sonido de la puerta abriéndose rompió el silencio de la habitación.Lyria levantó la cabeza de inmediato.Seguía sentada sobre la cama, las muñecas atadas frente a ella, el cuerpo rígido por la tensión y la noche sin sueño. La luz de la mañana entraba con mayor fuerza por la ventana alta, iluminando la estancia con una claridad que no traía consuelo.No fue el caballero quien entró primero.Fue ella.Una joven vestida con telas finas, de colores suaves, con el cabello cuidadosamente recogido y una postura que delataba educación y linaje. Cada uno de sus movimientos era controlado, elegante, aprendido desde la cuna.La joven dio apenas dos pasos dentro de la habitación… y se detuvo en seco.Sus ojos se abrieron con incredulidad.El aire pareció escaparle de los pulmones.Frente a ella, amarrada, despeinada, con ropa humilde y marcas de cansancio bajo los ojos, había alguien que no debería existir.Era como mirarse en un espejo cruel.—No… —susurró Elinor—. Esto no es posible.Lyria
El valor de un rostroEl caballero no habló de inmediato.Se quedó allí, de pie, observándola, como si el mundo entero hubiera cometido un error al colocarla en aquel lugar. La luz temblorosa del candil iluminaba el rostro de la joven con una claridad cruel, revelando facciones que él conocía demasiado bien.Ese rostro.Ese maldito rostro.—Da un paso más —ordenó finalmente.Lyria dudó, pero obedeció. Sus pies descalzos avanzaron sobre el suelo frío, mientras el silencio se espesaba entre ambos. El anciano seguía en el suelo, respirando agitadamente, sin levantar la cabeza.—¿Quién eres? —preguntó el caballero—. Respóndeme con cuidado.—Ya lo hice —dijo ella—. Lyria. Nada más.—¿Tu madre?—Muerta.—¿Dónde naciste?—Aquí.—¿Nunca serviste en una casa noble?—Jamás.Cada respuesta parecía aumentar la tensión en el cuerpo del hombre armado. Dio un paso hacia ella. Luego otro. Sus ojos la recorrían con una intensidad inquietante, buscando errores, diferencias, algo que negara lo evidente.
Mucho antes de que el Rey Demonio rechazara a otra prometida en el patio del palacio, el destino de Elinor Avelaine ya había sido decidido sin que ella fuera consultada. La noticia llegó una tarde gris, cuando el cielo parecía haberse inclinado sobre la mansión Avelaine con un peso insoportable. Elinor se encontraba bordando junto a la ventana, observando distraída cómo el viento sacudía los árboles del jardín, cuando su doncella entró sin anunciarse, pálida. —Mi lady… su padre la espera en el salón principal. No era una invitación. Era una orden. Elinor dejó la aguja sobre la mesa. Su pecho se tensó con una intuición amarga. Caminó por los pasillos de piedra con el corazón golpeándole las costillas, consciente de la rigidez del ambiente, del silencio incómodo de los sirvientes que evitaban mirarla. El salón estaba iluminado por el fuego de la chimenea. Su padre, Lord Avelaine, permanecía de pie, con las manos cruzadas a la espalda. Su figura imponía respeto: hombros anchos, ba
Último capítulo