El viento helado de la sierra se había vuelto insoportable. A cien kilómetros por hora, la chaqueta de cuero de Rafael apenas protegía a Elena del frío que le calaba los huesos, y Mía, apretada entre los dos, había dejado de temblar para entrar en un estado de letargo peligroso.
Tuvieron que abandonar la moto.
Encontraron un viejo Ford Mondeo aparcado frente a una masía agrícola cerrada. Rafael puenteó el encendido en menos de treinta segundos, una habilidad que había aprendido en sus años de c