—¿Ya habéis encontrado lo que buscabais, ladrones de tumbas?
La voz de la anciana resonó en la bóveda del sótano, arrastrándose entre los archivadores metálicos como una corriente de aire viciado.
Rafael reaccionó al instante. Apagó la linterna y empujó a Elena hacia la oscuridad de un pasillo lateral, formado por dos hileras de estanterías oxidadas que llegaban hasta el techo.
Mía se agazapó instintivamente detrás de una caja de cartón podrida por la humedad, haciéndose invisible.
Elena, con