Whirrrrrrrrrrr.
El zumbido de la centrífuga antigua llenaba el sótano con una vibración nerviosa, como el aleteo de un insecto gigante atrapado en una botella.
Elena observaba el aparato girar. Sus ojos estaban secos, irritados por el humo de la ciudad y el llanto contenido. A su lado, Rafael se paseaba de un lado a otro, limpiando obsesivamente su cámara, aunque ya estaba impecable.
—Doce horas —murmuró Rafael, mirando el reloj de pared que marcaba las tres de la madrugada—. Nos quedan nueve.