El Raval no dormía, pero susurraba.
Entre las callejuelas estrechas, donde la ropa tendida goteaba sobre los adoquines centenarios y el olor a especias baratas se mezclaba con la humedad de la lluvia, Rafael se detuvo frente a una puerta de madera maciza. La madera estaba oscurecida por el tiempo y el barniz de la mugre urbana, reforzada con remaches de hierro que parecían cicatrices.
No había timbre. Solo una aldaba con forma de mano de león.
Mía, en los brazos de Elena, había dejado de gritar