Clac.
El sonido mecánico fue seco y definitivo.
Rafael sopló sobre el cabezal de la grabadora, levantando una pequeña nube de polvo gris que bailó bajo la luz halógena de la clínica clandestina. Era un aparato prehistórico: una grabadora de periodista de los años noventa, de plástico negro gastado, con una pequeña ventanilla transparente donde se veía la cinta magnética marrón enrollada en dos carretes minúsculos.
—Carmen controla los satélites —dijo Rafael, insertando una cinta virgen que habí