La lluvia en Barcelona no limpiaba; solo hacía que la ciudad brillara con un resplandor negro y aceitoso.
Elena Vargas esperaba bajo la marquesina de hormigón de la entrada de urgencias reservada de la Clínica Teknon, ahora bajo control total de su equipo de seguridad privada. Sostenía un paraguas negro grande, aunque el agua le salpicaba los tobillos.
No se movía. Parecía una estatua tallada en obsidiana, con la mirada fija en la verja de seguridad.
El reloj de su muñeca —un modelo deportivo b