El laboratorio de la Clínica Teknon se había convertido en una zona de guerra química.
No había disparos, pero el sonido era igual de enervante: el zumbido agudo de las centrifugadoras girando a quince mil revoluciones por minuto, el siseo del nitrógeno líquido escapando de las válvulas de presión y, de fondo, amortiguado por el cristal de seguridad pero omnipresente, el pitido rítmico y acelerado del monitor cardíaco de la habitación contigua.
Bip-bip-bip-bip.
Cada pitido era un segundo menos