El zumbido de los motores Rolls-Royce del Gulfstream G550 era una canción de cuna de treinta millones de euros, constante y presurizada, que vibraba en el suelo de la cabina.
Debajo de ellos, el Estrecho de Gibraltar era una franja de tinta negra que separaba dos mundos. África quedaba atrás, desvaneciéndose en la bruma de calor y polvo. Europa esperaba adelante, con sus leyes, sus cárceles y sus promesas rotas.
Carmen Vargas estaba tumbada en una camilla médica anclada al suelo del avión. Llev