Mundo ficciónIniciar sesiónLa reina Elthara se paseaba con elegancia por los interminables pasillos del palacio, aquellos que tantas veces había recorrido en silencio, perdida entre sus pensamientos, sus dudas, y sus sueños rotos, esta vez con una emoción distinta latiéndole en el pecho, que aunque intentaba disimular, se filtraba en la delicadeza de sus movimientos, en la forma en que acariciaba con suavidad el vientre aún plano bajo su vestido turquesa de seda, un vestido que se ceñía con precisión a su figura esbelta, aún conservada a pesar de estar cerca de sus cuarenta y tres inviernos.
Su porte era regio, su andar pausado, y la forma en que el sol de media tarde se colaba por los vitrales, haciendo brillar los reflejos dorados de la seda, le daba un aire casi etéreo, como si se tratara de una aparición majestuosa salida de las leyendas antiguas. Sobre su cabeza reposaba una corona de diamantes de diseño extravagante, quizás un tanto exagerada a los ojos del pueblo llano, pero símbolo de poder y linaje para quienes comprendían el peso de portar una joya de tal importancia. Su cabello, largo, rojizo y ondulado, caía como una cascada encendida sobre su espalda, el sello distintivo de la Casa Alderyon, noble y orgullosa al sur de Solaris, así como también lo eran sus ojos grises, profundos como el acero bajo la tormenta, ojos que su único hijo, Veadrik, había heredado con exactitud, como si los dioses hubiesen querido dejar clara la sangre que corría por sus venas. Durante años, Elthara había creído que jamás volvería a concebir, un pensamiento que la había atormentado con fuerza cada invierno que pasaba sin señales de vida en su interior, cada luna en la que su vientre seguía siendo tierra estéril, a pesar de las incontables hierbas, infusiones y rezos que había probado, por indicaciones de curanderas, brujas, médicos y comadronas. Había empezado a intentarlo cuando Veadrik era apenas un niño de brazos, un crío que no entendía aún lo que significaba la palabra bastardo, pero que años más tarde aprendería a llevar como una marca dolorosa, un estigma que lo seguiría como sombra silenciosa incluso dentro de los mismos muros del castillo. Ahora, sin embargo, después de tantos fracasos, de tantas noches de llanto contenido y de silencios compartidos con las paredes de su alcoba, el destino, por fin, le otorgaba una nueva oportunidad. A sus cuarenta años, en un momento en que ya había dejado de esperar milagros, el médico personal de la familia le había dado la noticia que cambiaría su vida: estaba embarazada. Elthara había recibido aquellas palabras con una expresión serena, casi indiferente, pero en su interior, una tormenta de emociones se desataba con fuerza, una mezcla de incredulidad, esperanza y una felicidad contenida que amenazaba con romper la máscara de sobriedad que tan bien sabía portar. Y es que, si bien un nuevo hijo era un motivo de dicha, un varón significaba algo más: significaba poder, derecho al trono, la posibilidad de ver al fin cumplido el anhelo de todo monarca, el asegurar su linaje. Pero en el fondo de su corazón, muy dentro, donde ni siquiera el rey Margot alcanzaba a mirar, su verdadero deseo no era que ese hijo futuro heredara la corona, sino que Veadrik, su primer hijo, aquel que el mundo había llamado mil veces bastardo, fuera rey. Ella lo soñaba, lo anhelaba, lo deseaba con la fuerza de una madre que había visto a su hijo crecer entre susurros, burlas y miradas despectivas, y sentía que lo menos que podía hacer por él, como redención y como ofrenda de amor, era otorgarle el trono, sin importar las consecuencias, sin importar el precio, ni siquiera si aquello desataba una guerra entre casas o arrastraba el continente al caos. Elthara tenía claro que el trono de Valatharys sería de su hijo, y que algún día podría decir con el rostro en alto, con orgullo, "Mi hijo es rey". Porque aunque su nacimiento había sido un error ante los ojos del mundo, para ella nunca lo fue. Una madre siempre quiere lo mejor para su hijo, incluso cuando ese deseo se mezcla con la ambición, incluso cuando el corazón guarda heridas abiertas, ella sabía que amaba a Veadrik, aunque no siempre supiera cómo demostrarlo. Elthara avanzó por el pasillo central hacia la sala del trono, mientras el eco de sus pasos resonaba entre los pilares altos y antiguos, su corazón latía con fuerza, no por el largo camino, sino por el peso del momento. Una mezcla de miedo, ansiedad y nerviosismo se apoderaba de su cuerpo, la idea de que el embarazo no llegara a término, que su cuerpo no resistiera, o que el bebé muriera en el proceso, la asaltaba sin piedad, porque ya no era joven, y ambos sabían los riesgos. Pero ya no podía esperar más, debía decírselo a Margot. Cuando las enormes puertas se abrieron ante su presencia, los soldados inclinaron la cabeza y ella pasó con solemnidad, alzando la vista para encontrar al rey, sentado en su trono dorado, imponente, como una figura tallada en piedra, sus ojos ámbar la observaron con esa intensidad penetrante tan característica de él, una mirada que había intimidado a señores de la guerra y embajadores extranjeros, pero que en ese instante, parecía suavizarse solo un poco ante la aparición de su reina. —Querida Elthara, no esperaba ver tu presencia en este momento —admitió Margot con esa voz grave, seria pero serena, que solía usar cuando se encontraba en calma, o al menos aparentaba estarlo. Elthara respondió con una reverencia elegante, bajando la cabeza con respeto antes de caminar hacia su esposo, cada paso medido, cada movimiento tan estudiado como natural, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, el rey tomó su mano con delicadeza y depositó un beso sobre el dorso, un gesto formal pero cargado de simbolismo. Ella levantó la mirada, encontrándose una vez más con esos ojos ámbar que tanta gente consideraba fascinantes, incluso envidiables, pero que para ella eran también un recordatorio de lo que no era, de lo que él aún guardaba en su memoria. Porque aunque Margot apreciaba a Elthara, incluso con ternura a veces, su corazón había pertenecido primero a otra mujer, a la madre de su hija Elyra, la única a la que alguna vez, quizás, había amado verdaderamente. Aun así, Margot había aceptado a Elthara, le había entregado su apellido, su lecho, y hasta a su hijo, aquel que no era suyo, pero que él había reconocido como uno más de los Velkharys, una decisión que escandalizó a muchos, pero que callaron por respeto o por miedo. La corte entera sabía la verdad, pero en los pasillos, entre rumores apagados y lenguas venenosas, se repetía que Veadrik jamás sería más que un bastardo, un niño sin nombre propio. Sin embargo, para Margot, la presencia de su reina era necesaria, le resultaba cómoda su compañía, aun cuando esa cercanía había hecho más tensa su relación con su hija Elyra. La joven nunca aceptó ese matrimonio, ni a Elthara como su madre por ley, aunque Margot jamás la obligó a llamarla así, porque comprendía el rencor, la pérdida, la herida abierta que su hija aún no cerraba. Y no fue sino tras años de distancia, esfuerzo y diplomacia, que Elyra empezó a mostrar cierta aceptación, un lazo tenue pero real, sobre todo con Veadrik, por quien había comenzado a mostrar un afecto que antes no existía, tal vez porque veía en él una víctima, un reflejo de sí misma. —Seré directa, esposo mío —anunció Elthara, con la voz trémula, pero firme, mientras la ansiedad se hacía nudo en su garganta, carcomiéndole desde dentro como si algo en su interior presintiera que después de esto nada volvería a ser igual. —Adelante —ordenó Margot, expectante, con la mirada fija en ella, sin parpadear. El silencio que siguió fue apenas un segundo, pero pareció eterno, hasta que una sonrisa se dibujó lentamente en los labios del rey, seguida de una carcajada sonora, llena de una felicidad genuina, extraña en él, sus manos se dirigieron de inmediato al vientre aún liso de su esposa, como si al tocarlo pudiera sentir la vida que allí crecía, y por un instante, su mirada dejó de ser de rey y fue solo la de un hombre que esperaba un hijo. —Estoy embarazada. —Es una excelente noticia, Elthara, todo el reino debe saber que la reina está esperando un bebé. Y ambos sabían que a partir de ese momento, los hilos del destino comenzarían a moverse con una nueva fuerza.






