La reina Elthara se paseaba con elegancia por los interminables pasillos del palacio, aquellos que tantas veces había recorrido en silencio, perdida entre sus pensamientos, sus dudas, y sus sueños rotos, esta vez con una emoción distinta latiéndole en el pecho, que aunque intentaba disimular, se filtraba en la delicadeza de sus movimientos, en la forma en que acariciaba con suavidad el vientre aún plano bajo su vestido turquesa de seda, un vestido que se ceñía con precisión a su figura esbelta,