Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo se redujo a la fricción salvaje y al grito quebrado de Haley. La tenía empotrada contra la fría barandilla del balcón, su piel blanca fundiéndose con la piedra. Enredé mis dedos en su melena con fuerza brutal, obligándola a exponer su garganta al viento mientras la tomaba por detrás con embestidas lentas, profundas, cargadas de un odio que quemaba. —Míralo —le gruñí al oído, obligándola a ver a su amante pasmado en el jardín—. Que entienda que lo que él tiene son sobras; yo tengo el control absoluto. Jamás gemirás para él como lo haces para mí. Ella soltó un alarido de placer traicionero antes de colapsar sobre las baldosas. Deshecha y desnuda, se arrastró hacia mis pies suplicando un perdón que no habita en mi ADN. La miré desde mi altura con indiferencia gélida, me abroché los pantalones y le di la espalda. Haley era un despojo; el tipo de abajo, un cadáver social. Caminé hacia el ascensor con la adrenalina en las venas, pero el silencio del estacionamiento fue roto por una detonación. El impacto abrasador en mi hombro me hizo girar. Sangre caliente empapó mi camisa de seda mientras el imbécil del amante, tembloroso, sostenía el arma tras una columna. Antes de un segundo disparo, mis hombres lo redujeron contra el cemento. —Llévenselo —ordené con voz de acero—. Que desee haber muerto hoy. Avancé hacia el auto, pero el mundo empezó a inclinarse. La bala había calado hondo, o quizás era la rabia reclamando su tributo.
Leer másLo que había ocurrido apenas unas horas atrás no dejaba de dar vueltas en mi mente. La noche ya se reflejaba en el ventanal, imitando la oscuridad de mis propios pensamientos. Varias veces me sorprendí bajando las escaleras con el único impulso de ver a Seraphena dormida en mi sala, pero me detuve en el último peldaño y regresé a la cama.¿Qué diablos hacía yo bajando? Estaría tan sensual como la había dejado. Me preguntaba si seguiría allí o si se habría vestido para marcharse. Era tarde; debí haberla llevado a casa.El sonido de una notificación en la pantalla del celular me arrancó del carril por el que descarrilaba mi mente. Era Marc.“El sujeto es Steven Darius”.Directo, frío, preciso. Supe de inmediato que había completado la tarea: investigar al tipo que Seraphena había abrazado con tanta alegría. Un segundo mensaje iluminó la bandeja de entrada:“Parece que tiene una deuda pendiente con nosotros...”.Le contesté a Marc fijando un punto de encuentro para discutir los detalles.
El sol de la mañana se proyectaba con una claridad insultante sobre el asfalto. La sombra de mi Mercedes avanzaba como una mancha de petróleo, acompañada por el rugido de un motor que sonaba casi tan furioso como la sangre que golpeaba mis sienes.—¡Maldición, Everett! No puedes hacer esto cada vez que te plazca —gritó Seraphena, clavando sus uñas rosadas en el cuero del asiento. Estaba aterrada, pero su miedo solo alimentaba mi necesidad de dominio.—Sera, ¿aún no has aprendido que yo hago lo que me sale de los cojones? —respondí sin quitar la vista del camino, con el tono gélido de quien no dice más que verdades absolutas.—¡Yo no te pertenezco! Devuélveme ahora. Si tantas ganas tenías de verme, pudiste haber enviado un mensaje.—Sera, yo no solicito tiempo. Yo lo tomo.Frené en seco bajo la sombra de los edificios, dejando un rechinido que hizo eco en la calle vacía. La tomé del cabello, obligándola a mirarme, y la besé. No hubo ternura; fue un choque de lenguas, una necesidad suci
El sol aún no se atrevía a asomar por el horizonte de Milkshow y ya sentía el impulso eléctrico de la vigilia quemándome los nervios. Me levanté de la cama desvencijada del motel; el colchón olía a humedad y a los fracasos de quienes habían pasado por allí antes que yo. Salí al pequeño balcón de madera astillada y encendí un puro, dejando que el humo denso compitiera con la neblina de la madrugada. Mis ojos, inyectados en sangre, escaneaban a mis hombres alerta en cada rincón del estacionamiento mugriento.La ansiedad me mordía las entrañas. La pregunta se repetía con el ritmo de un tambor de guerra: ¿Quién mierda era el topo? ¿Michelle? ¿Druce? ¿Daniel? ¿Denisse? El pensamiento saltó al vacío y aterrizó en el nombre que más me dolía: Marc.—¡Demonios! —gruñí, apretando el puro entre los dientes—. No puedes dudar de Marc. La paranoia me está consumiendo.Inhalé el humo pesado, dejando que el aroma a tabaco caro se mezclara con la pestilencia del callejón. No pasaban autos por la a
Salí del departamento de Seraphena Miller sintiendo una sensación extraña asentarse en mi estómago. La rabia de mi contención sexual subía por mi garganta como bilis; tenía un hambre feroz y no podía callar la necesidad de que el mundo fuera mío, de reclamar finalmente el cuerpo de esa chica hasta vaciarme de ella.Subí a mi coche y conduje de forma errática, casi suicida. Mi mente era un campo de batalla donde el aroma de su piel luchaba contra mis instintos de supervivencia. Cometí el primero de mis errores: llegué a la residencia de Daniel Backs solo. Mi gula por resolver los negocios y volver a pensar en Seraphena me hizo olvidar el protocolo básico de un jefe. Estacioné y los hombres de Backs me recibieron con armas en mano.Mierda, pensé, apretando el volante. Había bajado la guardia por una mujer. Mandé un mensaje urgente con mi ubicación a Marc y bajé del vehículo con un porte que buscaba ocultar mi propia negligencia. La residencia de Backs era imponente, pero demasiado brill





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