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DÉCIMO SÉPTIMO CAPÍTULO

—La reina Elthara está esperando un hijo del rey —dijo el mensajero del palacio con solemnidad, su voz tembló apenas al pronunciar aquellas palabras como si ya presintiera el incendio que provocarían en el corazón de la princesa.

Para Elyra, esa noticia fue un balde de agua helada derramado directamente sobre su pecho ardiente, un zarpazo que desgarraba no sólo su orgullo sino algo más íntimo, más antiguo, más salvaje, como si le hubiesen arrancado de un tirón la poca estabilidad que le quedaba tras tantos silencios rotos.

Tras tantas miradas vacías y tantos abrazos que nunca llegaron, ¿un hermano? ¿otro? ¿otro nombre que tendría más peso que el suyo? ¿otra sangre que nacería ya con la gloria tatuada en la frente mientras ella debía seguir arrastrando cadenas invisibles que nadie parecía ver?.

No dijo palabra, su rostro se endureció con una mueca apenas perceptible que ocultaba una tormenta brutal, se dio la vuelta con gesto cortante, dolida, molesta, hastiada, el odio creciéndole en la garganta como un grito feroz que se tragó para no mostrar vulnerabilidad y echó a andar, sus pasos resonaban en las paredes frías mientras bajaba a las celdas de los dragones, su única salvación, su único escape, y lo único que deseaba era montarse en Zhaerys y alejarse de todo hasta que el mundo entero quedara reducido a cenizas tras sus alas.

Vaedrik no tardó en seguirla, como un depredador que nunca está muy lejos de su presa, como si su alma estuviera irremediablemente atada a la de ella por hilos invisibles y crueles, y cuando la vio desaparecer entre las sombras del sótano, aceleró el paso, sus botas golpeaban la piedra con decisión, con esa mezcla de urgencia y rabia que siempre lo acompañaba cuando se trataba de ella.

—Elyra —la llamó con voz áspera, como si le escupiera su nombre desde lo más profundo de su garganta.

Pero ella siguió caminando, fingiendo no escucharlo, como si su presencia le resultara insoportable y no valiera ni siquiera una mirada. Eso lo encendió, le hizo hervir la sangre y, sin pensarlo, la tomó del brazo con rudeza y la empujó contra la pared con fuerza, sin cuidado, con la intensidad de alguien que ya no está dispuesto a seguir siendo ignorado.

—Por todos los dioses, Elyra, mírame cuando te hablo —espetó, y sus palabras eran como espinas clavándose con lentitud— deja de esconderte, deja de huir como una niña cobarde que cree que el mundo le debe una explicación.

Ella desvió la mirada, con los labios apretados y la respiración agitada, pero él le sujetó la mandíbula con firmeza, sus dedos marcando su piel como si quisiera dejarle una señal imborrable, y la obligó a mirarlo, sus ojos grises clavándose en los ámbar de ella como dagas, y en esa mirada no había compasión, sólo fuego, desprecio, y una necesidad oscura que palpitaba sin nombre.

—No estoy huyendo de ti —murmuró ella, y su voz sonó rota pero no débil, como si cada palabra le arrancara una parte del alma— huyo del peso que cargo desde que tengo memoria, de esta corona invisible que todos me cuelgan en el cuello pero que no sirve para nada, huyo del abismo que me traga y nadie parece ver.

Vaedrik soltó una carcajada amarga, sin alegría, llena de veneno y rabia, su rostro se acercó más al de ella hasta que casi se tocaban, y su aliento caliente le rozó los labios cuando respondió con voz grave, baja, llena de una ira helada que parecía contener siglos de frustración:

—No, no huyes de ningún peso, Elyra, no huyes de coronas ni de sombras, huyes porque por primera vez en tu vida hay alguien más que no eres tú, alguien que nacerá con la sangre caliente del rey y que arderá más que tú, y eso te quema, te devora por dentro, porque ya no bastará con ser hermosa, ni fuerte, ni montar un dragón, no bastará con llevar un nombre antiguo, porque ese niño, ese maldito niño, te arrancará lo único que siempre creíste seguro: el centro, la atención, el trono que creías heredado, pero que jamás te fue prometido.

Los ojos de Elyra se llenaron de rabia, de un dolor indescriptible que iba más allá de los celos, más allá de la política, era algo visceral, animal, era el grito de una hija herida, de una princesa apartada, de una mujer rota por dentro y obligada a sonreír ante todos los banquetes de su desgracia.

—¡No me grites, Vaedrik! —soltó al fin, alzando la voz con furia, los ojos húmedos pero fieros— ¡no tienes derecho! ¡No eres nada para levantarme la voz!

—¿Nada? —susurró él, acercándose aún más, hasta que su nariz casi rozaba la de ella— soy lo único que te queda en este jodido castillo lleno de fantasmas, Elyra, soy el único que se atreve a mirarte sin temblar, el único que conoce cada rincón podrido de tu alma, y aún así sigue aquí, siguiéndote como un maldito condenado porque no puedo evitarlo, así que no me hables de derechos cuando tú y yo hace tiempo cruzamos todos los malditos límites.

Ella tembló, no de miedo sino de la rabia que hervía en su interior como lava retenida, lo odiaba, lo odiaba como se odia al fuego que quema pero al que uno vuelve una y otra vez, lo odiaba por mirarla como si pudiera ver lo más feo de ella y aún así desearlo, lo odiaba porque su sola presencia deshacía su lógica, su dolor, su sentido, todo.

—¿Te crees mejor que yo? —escupió, con voz rota, temblando de furia— tú, que vives en las sombras, que no tienes nada, que sólo existes para ver en qué momento caigo, ¿te crees diferente? ¿Crees que no noto cómo me miras, cómo te quemas por dentro cada vez que me acerco? Te odio, Vaedrik, te odio más que a nadie, más que a todo este jodido reino.

Vaedrik se quedó en silencio unos segundos, y fue como si el mundo se detuviera, como si algo dentro de él se rompiera, y cuando habló, su voz salió baja, cruda, sin adornos, solo verdad desnuda.

—Te odio, Elyra.

Y entonces la besó.

No fue un beso dulce ni lento, fue como una tormenta estallando, como dos fuegos chocando, su boca atrapó la de ella con violencia, con urgencia, con necesidad, sus manos la apretaban contra la pared mientras el mundo se desvanecía, y Elyra no lo rechazó, al contrario, respondió con la misma brutalidad, con la misma desesperación contenida que llevaba años enterrada bajo coronas y protocolos, y por un instante, sólo por un maldito instante, todo tuvo sentido, todo ardió y todo dolió.

Pero luego, como siempre, llegó la culpa.

Vaedrik se apartó de golpe, con el corazón latiéndole con furia en el pecho, los labios entreabiertos, la respiración agitada, sus ojos grises llenos de una rabia que no era sólo por ella, era por sí mismo, por todo lo que acababan de hacer, por lo inevitable que era.

No dijo una palabra.

Simplemente se marchó, sus pasos resonando en la piedra húmeda, dejando a Elyra sola, con el cuerpo temblando, con los labios ardiendo, y con la certeza dolorosa de que entre ellos no existía salvación, porque el odio que se tenían era la única forma de no amarse.

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