—La reina Elthara está esperando un hijo del rey —dijo el mensajero del palacio con solemnidad, su voz tembló apenas al pronunciar aquellas palabras como si ya presintiera el incendio que provocarían en el corazón de la princesa.
Para Elyra, esa noticia fue un balde de agua helada derramado directamente sobre su pecho ardiente, un zarpazo que desgarraba no sólo su orgullo sino algo más íntimo, más antiguo, más salvaje, como si le hubiesen arrancado de un tirón la poca estabilidad que le quedaba