La primera vez que leí el nombre Nyxthelia, algo en mí se encendió. Como si mi sangre reconociera un sonido antiguo que había olvidado. Como si una voz susurrara desde algún rincón oscuro de mi mente: “Ahí estás”.
Desde entonces, ya no pude dejarla ir.
El libro que Sol encontró para mi en la biblioteca no tenía título visible. Era grande, pesado, encuadernado en un cuero agrietado por los años. Olía a humedad, a polvo, a secretos sin resolver. Y su interior estaba igual de fragmentado que las