Desde aquella conversación con mi madre, cada silencio en casa se volvió más pesado, más denso. Era como si nuestras palabras no hubieran sido suficientes para cerrar la grieta que se había abierto entre nosotras. Una grieta que, lejos de cerrarse, se expandía con cada minuto de silencio.
Habíamos hablado, sí. Pero no lo suficiente. Ella creyó que al darme una verdad a medias, podría sellar la curiosidad que me carcomía desde pequeña. Mudanzas constantes, instrucciones vagas, pesadillas que nun